«La envidia existe
solo en aquellas personas que no saben aceptar la felicidad de los
demás.»
Soy una
persona tolerante y con mucha paciencia, suelo dar varias
oportunidades incluso a quienes en algún momento me han hecho daño, pero si hay algo que no soporto y de lo que escapo, como si del fuego
se tratara, es de las personas envidiosas. Esos falsos amigos que te
sonríen, te dicen a todo que sí, se ofrecen por si necesitas algo
pero cuando los necesitas están ocupadísimos, pero aún así tienen
tiempo para escuchar lo que te ha sucedido y no escatiman en
interesarse por todo tipo de detalles y luego con toda la
información almacenada se despiden a toda prisa. Esos que cuando ven
que eres feliz y la vida te va bien hacen como que se alegran, te
interrogan como sin querer, quieren saber más que tú… Pero su
mirada les delata, sus gestos, sus vibraciones… Siempre digo que
tengo un olfato desarrolladísimo y muy selectivo -para los olores
extremos sobretodo-; los que me gustan los detecto de lejos, pero los
que me desagradan los percibo a kilómetros. Un detalle por ejemplo:
mi gata Sol tiene la mala costumbre de por pura vagancia no tapar su
caca alguna que otra vez, y aunque yo esté en el otro extremo de la
casa lo detecto, y le grito desde donde esté: —¡SOL, GUARRA Y
VAGA, TAPA TU MIERDA! Pues para las personas que no me convienen
tengo el mismo sentido súper desarrollado, lo que ocurre es que soy
muy tonto también y tengo complejo de borde, y la manía de dar votos de
confianza. Y mira que me he dado batacazos, pero es que de bueno soy
tonto. Hay personas que no se merecen ni los buenos días. A mí me
cuesta menos decir «te quiero» que decir «no te soporto» y «no
me interesas». Me resulta difícil decirle a alguien que me ha
fallado, y quien te falla una vez te fallara todas las veces que se
lo permitas. Voy a proponerme no dar pábulo a quien me «huela mal».
Lo prometo. Me lo prometo, ¡en serio!
Recuerdo
un detalle que voy a intentar describir, es algo bastante tonto pero
que demuestra el sentido de mi nueva decisión. A finales de
diciembre nos compramos un coche nuevo, sólo se lo contamos a un
puñado de amistades. Tardarían en entregárnoslo seis meses,
durante todo ese tiempo pasaron muchas cosas en nuestra vida y
realmente casi llegamos a olvidarnos del coche, por lo que no
volvimos a mencionarlo hasta que a finales de junio nos lo dieron.
Pues recuerdo muy bien la cara de todas estas personas cuando nos
vieron con él. Hubo expresiones varias, dos fueron similares,
estaban más contentas que nosotros, como si fuera suyo. Estas, Paco
y Maca son dos verdaderas amistades, hay mucho amor y admiración
mutua, esa es la verdadera amistad. Para nosotros los amigos son
familia y no hay secretos, pero hay amistades que no son más que
conocidos, que se allegan o alejan según sus intereses. Hubo una
amiga que se quedó observando como nos metíamos dentro e
iniciábamos la marcha, yo la miré y vi sus ojos vidriosos… Ella
misma nos había dicho al verlo: —¡Qué envidia me dais! Sí,
puede que fuera envidia, pero de la sana. Sus ojos vidriosos no eran
simplemente por el coche, era de emoción de vernos felices y a salvo
de todos los males por los que hemos pasado en estos últimos diez
años. Porque mira que hemos tenido problemas y líos, pero de todo
hemos salido. Hemos tenido pérdidas dolorosas pero las estamos
superando día a día, hemos pasado por problemas de salud pero
estamos curados, nuestra relación se rompió unas cuantas veces pero
como somos de los de antes preferimos arreglarla a tirarla por la
borda y comprarnos una nueva… Je, je…!!!
©Miguel Je 2012
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